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Hollmann Morales
Colaborador especial, Bogotá, El Colombiano, Noviembre 2001

Sara Cameron, el otro yo de los niños de la violencia

La escritora británica Sara Cameron decidió escribir por los niños y sobre los niños. Ellos le cuentan sus historias, tan reales, a veces tan crueles, como si fueran una película. Aún así, el libro Constructores de paz, que acaba de publicar, no es un libro sobre violencia, es un libro sobre historias con esperanza.

Y esto, a pesar de que entrevistó a muchos jóvenes violentos de las comunas de Medellín, "no me interesaron, no quiero llamar más la atención sobre esas anécdotas brutales, amarillistas, que sólo hablan de lo feo, no porque no sea importante y necesario, sino porque ya demasiada gente lo ha hecho".

Sara Cameron estuvo en Bogotá por primera vez en 1998, en misión de Unicef, para que escribiera un informe sobre el Movimiento de niños colombianos por la paz, a propósito de su nominación al Premio Nobel, ese año.

Más que un trabajo, esta serie de desplazamientos los ve como una forma de conocer nuevas personas. En el caso de nuestro país no fue sólo así, sino que se constituyó en un reto y una oportunidad que le cambió la vida.

Empezó, como toda buena profesional, a indagarles a los niños por sus vidas y se encontró con unas narraciones infantiles que hablaban de guerra, muerte, sangre, sufrimientos, todo enmarcado dentro de un bálsamo de aucaliptada paz.

Sara comprendió que estas historias tenían una relevancia inmensa, a nivel internacional y en sintonía con niños de otros países.

Mosquitos peligrosos
¿Qué notó que diferenciara a nuestros niños de los del resto del mundo que la misma Sara ha tratado? "La particularidad es la manera como se expresan, creatividad, imaginación, simbolismo, muy especiales".

Cuando asistió a una de las reuniones del Mandato Ciudadano por la Paz, escuchó que debíamos salir y cubrir todas las estatuas de Simón Bolívar con una sábana blanca y le pareció curioso que a la paloma de la paz, de Botero, en Medellín, la vistieran de blanco, lo cual la ha llevado a pensar que "los colombianos se ahogan en sus propios simbolismos".

Eso lo ve también en la manera como se expresan nuestros niños.

Hay una historia que no está en este libro, Constructores de paz, pero sí en la página web de Unicef, llamada El vestido blanco, de una niña de diez años, que cuenta cómo cuando ella tenía cinco y vivía en los cerros de Dabeiba, veía volar los helicópteros y reía con sus amiguitos viendo esos mosquitos lejanos y ruidosos.

Un día esos mosquitos volaron más bajo y descargaron bombas contra la gente. Los mosquitos ruidosos les quitaron entonces la risa.

Continúa la niña que cuando las bombas empezaron a caer, su familia huyó y ella permaneció en el centro de su rancho de zinc, paralizada, entonces, recordó que cuando alguien quería paz, cogía un trapo blanco y lo blandía ante el enemigo.

Vistió su vestido blanco de los domingos, salió corriendo en pleno campo de guerra y se enfrentó a los helicópteros. Estos se fueron. "No creo que por la niña, pero eso fue bastante cinematográfico", dice Sara.

La ternura
Para escribir estas historias, uno de los métodos empleados por Sara fue recurrir a la memoria de los niños y pedirles que contaran sus vivencias como si se tratara de una película, con detalles de cada contexto, en tono neutro, sin exagerar ni inventar.

Hasta su llegada a Colombia sólo entrevistaba a adultos, pero las experiencias con nuestros pequeños, la estimularon a dedicarse a la población infantil en cuanto país debe trabajar, advirtiendo que "no todos los niños son de las mismas condiciones en todos los países".

Cosa curiosa: Sara había conocido la ternura a través de sus padres, pero al tener contacto con los niños colombianos, tropezó con otra clase de ternura, la que le ha permitido abrirse a los demás, escuchar, fascinarse, respetar esas mentalidades de pequeños con alma grande.




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